Mar 31 2008
Viajes de negocios y de placer en Menorca (y II)
Después de pasar los últimos ocho años entre las dos islas, Susan considera que se beneficia de lo mejor de cada una de ellas. Profesionalmente, a pesar de irse de Menorca, consideró como una prioridad el conservar a sus clientes y contactos de Menorca, “aquí es donde estaban mis lealtades, y donde me encanta estar”. En el aspecto personal, hay una parte de Susan que nunca se ha marchado, “todavía me siento como en casa cuando estoy en Menorca”, nos revela, y pasa entre dos y cuatro noches, cada semana, en su apartamento de Maó. En cuanto al ocio, Susan da clases semanales de Tai Chi, hace todo lo posible para asistir a las reuniones del Club Rotario de Menorca (”era mi club de origen”) y se relaciona con el Ladies’ Luncheon Club.”Mis amigos mallorquines me envidian bastante y se mueren de ganas de venir aquí, pues siempre les hablo de cómo es mi vida en Menorca”.
Como mujer de negocios que es en el fondo, Susan fundó el grupo LACE en Menorca, en noviembre de 2006. LACE, o Ladies’ Alliance of Communication and Enterprise (Alianza de mujeres para la Comunicación e Iniciativa) tiene como objetivo el promocionar las actividades de las mujeres profesionales de la isla, proporcionándoles una plataforma en la que poder intercambiar experiencias y hacer nuevos contactos. Con reuniones cada seis semanas, las mujeres de negocios de cualquier tipo de empresa, desde especialistas en belleza a agentes, o de fletadores de yates a especialistas en chocolate, usan las reuniones para hacer contactos. “Establecí el grupo como herramienta de marketing”, explica Susan, y en sólo unos meses ya se han inscrito más de 25 socias. Pero a pesar de lo que se habla en las reuniones, la discreción es clave, especialmente en el caso de Menorca. “La gente viene aquí para librarse del caos de las ciudades, les gusta Menorca por su tranquilidad, y yo debo respetarlo”.Y, sin duda, ella debería saberlo, pues fue esta tranquilidad que la atrajo a la isla, en primer lugar.
Susan Worthington considera que tiene un cargo privilegiado que le permite ir cambiando entre el bullicio de Mallorca y la calma de Menorca. En su calidad de socia de
Aparte de la asesoría, Blevins Franks es más conocida, posiblemente, por su guía esencial para la gente que desea trasladarse a vivir a España.
La construcción de la casa de sus sueños ha tardado su tiempo, teniendo en cuenta que la primera visita a la parcela fue en 2005, pero la pareja no tiene prisa. “Hace catorce años que venimos, por ello vale la pena esperar”, comenta Alison. Ambos tenían las ideas muy claras sobre el diseño de la casa, “queremos luz, espacio, vistas, que sea moderna, con acero, cromo, vidrio…” enumera Peter, y a pesar de no hablar español (”la inmersión lingüística será, probablemente, la mejor forma de aprender”, comenta Peter), no han tenido dificultades en transmitir sus ideas al arquitecto, aparejador y constructores. En lo relativo a la compra de muebles y complementos en las tiendas locales, “Alix nos ha hecho de carabina”, bromea Alison, “¡nos ha llevado de la mano siempre que ha sido necesario!”, añade Peter. “Estamos más que satisfechos del trabajo”, explica Alison, “en el Reino Unido circulan historias terroríficas, pero si estás dispuesto a pagar a profesionales, los consigues”. Alix añade que la construcción de una casa puede ser un asunto estresante, “construir en un país extranjero no debe ser motivo de preocupación pues conocemos todo el proceso y cómo funcionan las cosas aquí”.
Peter y Alison Vickers son clientes de Alix. Debido a su trabajo de tripulantes de cabina con British Airways, el matrimonio cruza el Atlántico varias veces al mes. Me reúno con ellos en una de sus frecuentes visitas a Menorca para vigilar el trabajo en la casa que se están construyendo en Binisafúller (una urbanización en Menorca). Debido a que trabajan en la misma lista de vuelos, Peter y Alison tienen, a menudo, días libres entre vuelos que suelen disfrutar en destinos vacacionales de renombre, tales como el Caribe o Australia. El día de nuestra cita despierta con fuerte viento y amenazantes nubes grises, lo cual hace que aumente mi curiosidad. Una vez sentados alrededor de nuestras humeantes tazas de café, les pregunto el motivo qué les ha motivado a venir a vivir a Menorca, teniendo la posibilidad de haber escogido cualquier otro lugar del mundo.
La construcción de una casa nueva no es tarea fácil, especialmente si uno trata de controlar su avance estando fuera del país, y es en estos casos, precisamente, cuando la coordinadora de proyectos de Bonnin Sanso (
Carlos y Deborah nunca consideraron vivir en otro lugar que no fuera Menorca. “Parecía una decisión natural, nos conocimos aquí y yo trabajaba aquí, nunca pensamos en ir a vivir en el Reino Unido”, recalca Deborah, al tiempo que nos explica que, a pesar de que el inglés es el idioma familiar que usan especialmente en las comidas, sus dos hijas se consideran menorquinas. “No tuve dificultades en adaptarme”, indica Deborah, “la familia de Carlos me acogió con inmensa gentileza, fueron muy cariñosos conmigo”. A Carlos tampoco le costó adaptarse a las costumbres inglesas de Deborah, “desde siempre había tenido muy claro que nunca me casaría con una menorquina, pero no me preguntes por qué…”
Para Deborah, Menorca sigue inmersa en el mismo encanto que la Menorca con la que se encontró en los años setenta, pero sobre todo, es “la maravillosa gente” de Menorca que la convierte en una isla tan especial. Siendo un entusiasta cantante, Carlos cree que otro factor a favor es la rica vida cultural de Menorca, algo con lo que, durante muchos años, ha guardado una estrecha relación, pues procede de una familia musical. “El día que tenga que dejar de cantar…”, hace una pausa para encontrar una comparación que pueda explicar tal tragedia, pero no encuentra las palabras adecuadas. Después de años de mezclar y combinar sus procedencias opuestas, queda claro que Carlos y Deborah han logrado aprovechar lo mejor de ambas.
Deborah llegó a Menorca en 1970. “Cuando tienes veinte años, no eres muy observadora”, comenta disculpándose, en cierto modo, por no haber prestado más atención a aquella época, “pero me acuerdo de haber pensado lo preciosa que era Menorca”. Recién llegada de la sombría ciudad de Londres, Menorca fue un paraíso para Deborah y sus amigas. Sus primeras impresiones fueron que la gente de aquí era “terriblemente anticuada, pues, entre otras cosas, no iban a la playa porque la encontraban desagradable debido a la arena y porque ¡hacía calor!” A menudo, la playa entera era para ella. “Me acuerdo de haber ido a Son Bou una vez cuando sólo había una familia holandesa. Casi nos echaron de la playa porque reivindicaban que habían llegado antes”.
Al recibirnos, Deborah está luchando, inútilmente, con las hojas de buganvilla esparcidas por todo el patio. Nos asegura que ya barrió la terraza ayer, pero, de nuevo, una alfombra de pétalos cubre las baldosas. Nuestra llegada le sirve de excusa para abandonar esta tarea imposible y enciende el hervidor de agua. Con nuestras tazas de té humeantes, nos sentamos para hablar de la vida en la isla y de cómo la hija de una familia agricultora acomodada de la Inglaterra rural se emparejó con un chico laborioso, hijo de una familia modesta de
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