Mar 17 2008
Tomando el té en Menorca en buena compañía (II)
Deborah llegó a Menorca en 1970. “Cuando tienes veinte años, no eres muy observadora”, comenta disculpándose, en cierto modo, por no haber prestado más atención a aquella época, “pero me acuerdo de haber pensado lo preciosa que era Menorca”. Recién llegada de la sombría ciudad de Londres, Menorca fue un paraíso para Deborah y sus amigas. Sus primeras impresiones fueron que la gente de aquí era “terriblemente anticuada, pues, entre otras cosas, no iban a la playa porque la encontraban desagradable debido a la arena y porque ¡hacía calor!” A menudo, la playa entera era para ella. “Me acuerdo de haber ido a Son Bou una vez cuando sólo había una familia holandesa. Casi nos echaron de la playa porque reivindicaban que habían llegado antes”.
En cuanto a las chicas menorquinas, “nunca nos tropezábamos con chicas”, explica Deborah, “ayudaban en las tareas del hogar, además salían a trabajar, y tenían que estar en casa a las nueve”. Pero los chicos menorquines pertenecían a una liga totalmente distinta. “Me sorprendió, especialmente, comprobar que no había igualdad entre los dos sexos, los chicos eran indisciplinados, desbocados y no tenían reglas que cumplir”. Carlos dice “yo no era salvaje” y Deborah admite “estabas a la cola de la pandilla mirando con cara de interés y con una sonrisa tímida”. Evidentemente esa sonrisa tímida surtió el efecto deseado en Deborah. En 1974 la pareja se casó en Herefordshire. “No puedo contarte nada de la boda porque no me acuerdo de nada”, bromea Carlos,”estaba tan nervioso”. “Imagínate, un joven menorquín que nunca había salido de la isla, con pánico de que llegara el momento de conocer a la familia de Deborah, aunque no podría haber tenido mejor recibimiento”. Once menorquines hicieron el viaje épico, así era en aquella época, a la Inglaterra rural para la ceremonia.
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