Sep 09 2008
Las primeras impresiones no cuentan, incluso en Menorca (I)
Es una mañana soleada como cualquier otra. No han tocado las nueve pero el calor de sol ya es tal que el más mínimo esfuerzo hace que un riachuelo de sudor desliza por mi nuca. Subo la cuesta de una de las calles vertiginiosas de Cala Llonga, estudiando los letretereos de las casas para localizar mi destino. Pero no tenía que preocuparme, no me iba a perder: un tipo amable me para medio camino. “¿Nos busca a nosotros?” pregunta, y me conduce hacia dentro. La pasión de la familia Wortley por Menorca se despertó en el eaño 2000 per sus relaciones con la isla no empezaron bien.
Entro en la cocina para conocer a Louise, la mujer de Richard. Sus tres hijos de corta edad no levantan cabeza de los dibujos complicados que están coloreando. Un poco más tarde, con una taza de té en mi mano, observo a los niños correr escalera abajo, cruzar el césped impecable para jugar en la piscina familiar. Mirando las cabezas rubias inclinándose en el agua, charlando con Richard entre sorbitos de té, me pregunto si, tal vez me he equivocado de lugar. Podrías ser una escena de un barrio residencial del condado de Surrey, de ingleses acomodados, si no fuera por el sol resplandeciente y los veleros deplegados delante de mis ojos en el puerto de Mahón. Al escuchar la historia del primer día de los Wortley en la isla, a unos les sorprendería su vuelta.
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